Sociedad – 28 de junio de 2020

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Sociedad

ONG que reparten comida aumentan sus ayudas ante crisis por COVID-19

Medio: Animal Político

28/06/2020

Actor principal: Rodolfo Martínez

Tipo de actor: sociedad civil

Conteo de fuentes: 8

Rodolfo Martínez tiene 63 años, así que a finales de marzo, cuando ya había estallado en México la pandemia de COVID-19 y se ordenó por decreto oficial no exponer a empleados vulnerables, como los mayores de 60, en su trabajo en una bodega de la Central de Abasto lo mandaron a su casa, con la promesa de pagarle la mitad de su sueldo mientras pasaba la emergencia.

Así fue solo durante un mes y, como todavía no tiene edad para acceder a la pensión para adultos mayores, a partir de mayo se quedó sin ningún ingreso. Por eso, ahora hace fila para recibir una torta y fruta gratis de una asociación civil.

Espera su turno en la esquina de Reforma y Génova, junto a la parroquia de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, que se ha quedado pequeña entre las modernas torres de esta avenida principal.

Sobre la calle peatonal que lleva hasta la Glorieta de Insurgentes, llena de bares que permanecen cerrados, ha empezado a llamar la atención de quienes pasan por ahí las tres filas que ahora se forman lunes y miércoles: una de mujeres, una mixta encabezada por personas con discapacidad y una de hombres, la más larga, que guardando sana distancia sobre Reforma le dan la vuelta a la cuadra.

Van llegando desde antes de las 6 de la tarde, aunque el reparto de comida empiece alrededor de las 8. Hasta adelante hay sobre todo personas en situación de calle que ya eran recurrentes para recibir esta ayuda, pero con la crisis económica que está provocando el cierre de actividades por la pandemia, hay muchas nuevas que, como Rodolfo, han encontrado aquí su única opción para llevarse algo al estómago.

De 250 personas que iban por comida una vez a la semana antes del coronavirus, ahora son 500 los lunes y 500 los miércoles. Es decir, cuatro veces más. Los voluntarios que la reparten son de la asociación de laicos Sant’Egidio, que llevan cinco años con esta labor social, pero al ver más gente con necesidad, decidieron ampliar sus esfuerzos.

“Decimos que estos que llegan son nuevos pobres. Porque si alguien está ahí esperando una hora y media por alimento —que lo que entregamos es muy básico, es nutritivo, está cuidado, está hecho con la mejor intención, pero es la cena de un día—, gente que no tiene trabajo que ahora esté pidiendo esa comida, quiere decir que realmente hay una necesidad. Nadie se para ahí dos horas con el frío, con la lluvia a esperar a que le den un poco de comida, realmente es porque hay un hambre terrible. Eso nos hace escuchar a la gente, hay una realidad que está pasando, que se está viviendo, hay gente que se quedó sin trabajo, que no está completando ni siquiera para comer, y que encuentra en estos días una liberación a las preocupaciones de qué voy a comer ese día”, señala César Cárdenas, secretario de esta comunidad en México.

De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), durante abril  12 millones de personas salieron del mercado laboral porque se suspendió su trabajo, sin que estén seguras de si al pasar la emergencia sanitaria podrán volver o no, y sin ingresos. Muchas de estas, trabajaban en condiciones de informalidad, por lo que no tuvieron una liquidación por despido ni pueden acceder al seguro de desempleo en la Ciudad de México.

Es el caso de las gemelas Rubí y Esmeralda Medellín, que también hacen fila en la calle Génova junto a su mamá, Ivonne Cano. Tienen 47 años y llevaban ocho trabajando con una señora como distribuidoras de productos, que en marzo les dijo que ya no habría trabajo y ni siquiera les pagó ese mes. Trataron de asesorarse para demandarla, pero no hay contrato que las respalde y los juzgados también cerraron.

Llegaron al límite cuando su madre tuvo un problema de salud y hubo que pagarle un doctor y medicina, ya que no tienen seguridad social. A sus 62 años, ella hacía cortes de pelo, ponía inyecciones o lo que le saliera, pero ahora ninguna de las tres tiene en qué trabajar. Junto a los gastos que tienen con los más de 10 perros y gatos de la calle que cuidan, el dinero se les acabó.

Es la tercera vez que cruzan la ciudad, desde Iztapalapa hasta esta calle de la Zona Rosa, para recibir un paquete de torta, fruta, agua, galletas saladas y otras dulces. Y por ahora planean seguir viniendo hasta que encuentren algún otro empleo, que no saben si será pronto, como se ven las cosas.

Entre los que hacen fila sobre la calle Génova se van contando de otros lugares donde conseguir comida el resto de los días de la semana. María Elena, a la que pidieron dejar de ir a trabajar porque sigue en un proceso de recuperación de cáncer de mama, cuenta que encontró otro punto por Chapultepec donde también le regalan alimentos. Canek Ávila, artesano de Coyoacán que se quedó casi sin ventas, dice que los miércoles varios se van de ahí a atrás del metro Cuauhtémoc porque otra organización reparte tamales y atole.

No solo en esta esquina de la Ciudad de México se ha multiplicado la cantidad de gente que va a pedir ayuda. Otras organizaciones filantrópicas, religiosas o de la sociedad civil, están notando el aumento de personas que necesitadas de lo más básico ante la falta de trabajo y, por lo tanto, de ingresos: apoyo para poder comer.

Uno de los esfuerzos más organizados y a nivel nacional es el que hace la Asociación de Bancos de Alimentos de México (BAMX), con 55 bancos agrupados que reparten despensas en 29 estados. La directora de alianzas estratégicas, Almendra Ortiz, detalla que el 90% de ellos han reportado que a partir de la contingencia por COVID-19 se ha acercado más gente, que esperan sea de modo temporal.

El año pasado atendieron a un total de 1.9 millones de personas; este 2020, a medio año ya llegaron casi a la misma cantidad: 1.8 millones, de los que alrededor de 25% son nuevos beneficiarios.

Los Bancos funcionan sobre todo gracias a donaciones de productos que recuperan porque todavía están en buen estado pero ya no llegan a comercializarse. Y dentro de su estructura para empaquetar, por ejemplo, reciben el trabajo voluntario de muchos de los mismos beneficiarios. Pero la pandemia ha traído retos extras, ya que muchas de esas personas están confinadas para cuidar su salud, así que han buscado nuevo personal y echado mano de un fondo de emergencias para comprar más grano, que es lo que menos reciben en donación porque no es perecedero.

Aun así, no se dan abasto con la ayuda y tienen listas de espera, en las que a través de un estudio socioeconómico breve deciden quiénes tienen la necesidad más apremiante. En su página de internet bamx.org.mx se puede buscar el Banco más cercano para solicitar ayuda o para donar.

Otra organización religiosa de ayuda social que ha reaccionado ante la emergencia es Cáritas. A partir del 12 de abril echaron a andar un call-center en el número 800-CARITAS (2274827) para que la gente directamente se comunique y solicite apoyos. En estos dos meses y medio han repartido 88 mil 700 despensas.

El director de Cáritas, el Padre Rogelio Narváez, explica que esta ayuda emergente se suma a comedores comunitarios y reparto de alimentos que ya tenían de manera cotidiana cada una de las mil 200 oficinas repartidas en 74 diócesis alrededor del país, y que también han tenido un aumento de demanda, e incluso llevan la comida hasta las casas de personas mayores que ahora por la cuarentena es preferible que no se expongan saliendo a buscar comida.

Subraya que también han sido muchos los jóvenes que se han acercado a aportar su trabajo voluntario y que en ese mismo 01-800 cualquiera puede llamar para hacer aportaciones.

“La sociedad civil, como ha sido siempre, responde a México. Hay muchas asociaciones de todos los orígenes, de todos los credos, de gente de buena voluntad. Inclusive, lo digo, hacemos un trabajo que le tocaría al gobierno”, afirma.

La necesidad de quienes se han quedado sin ingresos también ha despertado la solidaridad de los que tienen algo que dar. Muchas caras nuevas han desfilado en las últimas semanas por la sede de Sant’Egidio, que se organiza en un terreno ubicado en Jalapa 18, en la Colonia Roma, antes de salir a repartir las cenas.

Un miércoles llega por segunda vez como voluntaria Lorena. Cuenta que en los meses de confinamiento, hubo una semana que sintió que fue pésima; pero en lugar de deprimirse con el malestar que tenía, se acordó que un amigo le había contado de esta labor social y le llamó para acompañarlo.

“A veces necesitas enfrentar la realidad y darte cuenta de que lo que te pasa no es tan grave”, comenta.

El coordinador, César Cárdenas, calcula que la mitad de voluntarios que están ayudando a repartir comida son nuevos, además de quienes se han sumado en llevarles tortas, fruta o aguas para los paquetes que distribuyen. No hace falta ser religioso para dar o recibir apoyo en Sant’Egidio, aunque sea un movimiento de laicos católicos que lleva 25 años en México. Una de sus bases como organización es la oración, pero tienen otros dos: la búsqueda de la paz y el servicio a los pobres, entendidos como todo aquel que ha quedado excluido de algún modo de la sociedad, que parece tener negado el derecho a tener derechos, explica Cárdenas.

Desde las 6 de la tarde, jóvenes y adultos bien preparados con cubrebocas, careta y guantes acomodan los alimentos en bolsas de papel de estraza. Antes de salir, hacen una pequeña capacitación y reparto de tareas: entre ellas, dar cubrebocas lavables, poner gel antibacterial en las manos de todos los que accederán a la comida y tomarles la temperatura con un termómetro a distancia para asegurarse de que nadie tenga síntomas de coronavirus.

Rosa es una de las más jóvenes. Mientras su propio trabajo como encargada de sistemas en una empresa se tambalea, decidió que quería hacer algo por los demás y empezó a venir a apoyar. En las filas ya la conocen: una mujer con cáncer de mama se acerca a preguntarle si ya la tienen registrada para venir regularmente, porque antes solo pasaba por unas galletas o lo que hubiera sobrado, pero al quedarse sin trabajo, va a venir mientras no tenga otra opción. Otro hombre que vive en la calle le pregunta si le pudo traer unos tenis que le pidió la semana pasada, porque ella trata de conseguirles ropa, productos de limpieza o lo que le digan que les hace más falta.

Otra de las consignas en Sant’Egidio es darle a los pobres el derecho a la identidad, a ser reconocidos, así que a cada uno que pasa le preguntan su nombre, cómo está; no son un número o una torta más.

Gaby es otra de las nuevas voluntarias, que siempre tiene una sonrisa para todos: aunque el cubrebocas no deje que se le vea, se le nota en los ojos. Dan las 9 de la noche y no parece cansada. Ha habido días que terminan casi a las 11, dice. Cuando se acaban las cenas, reparten latas de atún, frutas o galletas que les hayan quedado, para que nadie se vaya con las manos vacías. Toda la gente agradece su labor, pero ella dice que no sabe si hace más por los demás de lo que los demás hacen por ella con esa gratitud.

etius

junio 28, 2020

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