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Octavio: “A los indígenas nos siguen utilizando como objetos”.

| Joven Indígena |

Por María José Frías

Octavio se sienta bajo la sombra de los árboles, el calor abrasador de las cuatro de la tarde hace estragos en su cuerpo; lentamente chorrean gotas de sudor por su frente provocando una pequeña reverberación sobre su piel morena.

Octavio Dominguez Rosas es un joven indígena Nahua de 30 años, hace 11 que dejó su comunidad en la huasteca hidalguense para poder seguir estudiando.

A los 20 años, Octavio se convirtió en uno más de las 900 mil personas indígenas que viven en una entidad federativa distinta a la de su nacimiento. En su caso, la necesidad de migrar de su comunidad de origen fue para seguir con su formación académica, con lo cual se coloca fuera del 30.49 por ciento de la población indígena entre los 3 y los 15 años que no asiste a un centro de educación formal y tampoco cuenta con la educación básica obligatoria.

Llegó a Guadalajara casi por accidente sin que ésta fuera parte de su plan original. Mientras estudiaba la Licenciatura en Derecho en la Universidad de Guadalajara, la distinción por ser indígena siempre estuvo presente, “en la escuela se veía mucho la distinción pero eso me ayudó mucho para fortalecer (mi identidad) porque en vez de so bajarme lo use para posicionarme; ahí empecé a dar clases de náhuatl, a conocer gente y ahorita ya tengo una comunidad aquí en Guadalajara”.

Domínguez Rosas y su familia son parte del 11.12 por ciento de habitantes del estado que se autodeterminan como indígenas, según la Encuesta Intercensal del 2015, realizada por el INEGI.

Todos los días sale de casa poco antes de las ocho de la mañana rumbo a la guardería donde sus hijos de tres años y de cuatro meses de edad pasan el resto del día. Octavio tiene una rutina que, a pesar de no ser de su agrado, le ayuda a cubrir sus necesidad más básicas.

Trabaja en el Departamento de Lenguas Indígenas de la U de G haciendo la gramática de la lengua náhuatl y en la Fiscalía de Derechos Humanos; además, es parte del colectivo de jóvenes indígenas urbanos, secretario de la asociación civil Lenguas Indígenas Mexicanas y perito en lenguas maternas en Cultura Indígena de Jalisco.

Octavio forma parte del 37.7% de indígenas que trabajan como empleados u obreros; afortunadamente para él y su familia, su trabajo es remunerado, pues 15 de cada cien hablantes de lengua indígena son trabajadores sin pago.

La responsabilidad del gobierno

Debido a su trabajo en la Fiscalía de Derechos Humanos, todos los días se topa con casos de desapariciones y secuestros. Ante el dolor de los familiares, la desesperación y los rostros consumidos por el llanto y desencajados por la incertidumbre de quienes acuden diariamente a denunciar la ausencia de sus seres queridos, Octavio tiene muy clara una cosa: esto es responsabilidad del gobierno. 

“Alguien que vaya a ser dirigente tiene que dar seguridad, tiene que ser competente en ese sentido y en esto hay un descontrol social”.

Ante la política actual Octavio se mantiene crítico. Se informa principalmente con medios de comunicación digitales como La Jornada o Proceso, solo por mencionar algunos. Está consciente de la ambición de los políticos, del hambre de poder, de las ansias que tienen por ser reconocidos, poderosos. Para él es claro que hay un cierto sector del poder que no quiere soltar su puesto y que haría cualquier cosa por conservarlo.

Los discursos de los candidatos siempre van dirigidos hacia la población históricamente más rezagada o vulnerable; a diferencia de sus propuestas de campaña y actos una vez que llegan al poder:

“Desde mi punto de vista, a los pueblos indígenas todavía nos ven como personas que no podemos proponer ni pensar lo que queremos por nosotros mismos y nos siguen utilizando como un objeto; siguen existiendo políticas y programas paternalistas o asistencialistas y eso es una forma de controlar a cierta población”.

En su comunidad es muy fácil percatarse de que día a día se controla, se manipula y se chantajea. Existen muchas personas que por miedo a perder ciertos beneficios que reciben orientan su voto hacia cierto partido político o hacia cierto candidato; los apoyos asistencialistas los hacen aún más vulnerables, aún más dependientes.

Mientras sus ojos, oscuros y rasgados, se mantienen fijos en el partido de fútbol de la liga de comunidades indígenas que se lleva a cabo cada domingo en la unidad deportiva López Mateos, Octavio reflexiona sobre las necesidades o carencias que todavía se viven en el país: un sin fin de mexicanos siguen viviendo en extrema pobreza, una gran parte de la población sigue sin trabajos, sin estudios; las oportunidades no son para todos.

Ante este panorama, muchos jóvenes no logran comprender por qué Octavio se entusiasma al hablar de política, por qué sus ojos adquieren un brillo y su boca se curvea creando una ligera y penosa sonrisa mientras habla de democracia. Para él, ejercer el voto es un derecho básico al que nadie debe renunciar. “A veces yo les digo, esa idea de que no pasa nada o que es lo mismo es una mentalidad que nos han formado y que es muy característica del mexicano, que no hay afuera y desde mi punto de vista tenemos muchos medios para informarnos y estar seguros de lo que queremos”.

En México, pocos son los que piensan como Octavio. Se sabe que en las dos últimas elecciones federales menos del 50% de la población acudió a las urnas. Este año se espera que cerca de 50 millones de personas ejerzan su voto; algunos desde la desinformación, algunos desde el desánimo, otros tantos desde la compra del voto o cualquier otro tipo de delito electoral y muy pocos desde la información y la convicción.

“Los políticos no hacen una elección democrática donde la gente se sienta plena ejerciendo su derecho, con intención, sino que a lo mejor uno lo hace con miedo, otros mejor dicen que no, que para qué si siempre es lo mismo. Para mí es importante aunque haya esa opinión de que no importa o de que no sirve votar, que igual van a robar. Yo digo bueno, si tú piensas eso, pero tienes una oportunidad de participar con tu voto, con que tú ejerzas tu voto estás ejerciendo tu democracia, pero no puedes hablar si no estás actuando, no critiques si no actúas, si no haces nada”.

Octavio, además de sentirse obligado a ejercer y defender su derecho de votar, siente una ligera esperanza en uno de los candidatos que aparecerán en la boleta el próximo primero de julio. “Veo que es una opción que puede traer mejoras no solo para mi familia, sino para mucha gente que no tiene las condiciones, mucha gente que no puede acceder a ciertos derechos. Sí creo que es posible y nada más es cuestión de darle el voto de confianza”.

Vivir en la segunda ciudad del país con más desapariciones, en una ciudad que ha tenido grandes problemas de inseguridad, homicidios y asaltos, que ha sufrido la corrupción y la alianza de sus policías con el crimen organizado y que recientemente fue lastimada con la noticia de la desaparición y presunta muerte de los tres estudiantes de cine, los jóvenes se sienten amenazados, inseguros y desconfiados.

“La inseguridad es algo que nos afecta a todos, nos daña a nosotros como personas, ya nos sentimos amenazados, ya no salimos a gusto por las calles. Creo que hay personas que podrían tener otras oportunidades para generar un recurso, pero como no hay educación, no hay empleo, no hay el pleno ejercicio de sus derechos, por las necesidades familiares, por la condición donde vivieron o donde viven, tienen que buscar la manera de salir adelante de la manera más rápida; a veces por cierta cantidad ya matan o secuestran y ese es un problema que el gobierno nunca atendió. El gobierno lo dejó pasar y ahora ya no lo podemos atender.”

La violencia cala y cala hondo, en lo más profundo.

 

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